En una ciudad con segundos pisos, manifestaciones, construcción por doquier, hoy no circula y transporte ineficiente, la gente se da la oportunidad de ser amable. Quizá porque quisiera que así fuera el universo con él, quizá porque sabe que el encuentro con otro ser humano es efímero y mejor pasarla bien. Los pocos días que llevo aquí han sido suficientes para escuchar historias de vida relatadas por sus protagonistas entre la mordida de una Big Mac y el salud de una Margarita, entre el sorbo de un café y el cruzar periférico bajo la lluvia. Extraños que sin más te hablan, te comparten ¿qué necesidad leen los psicólogos para estas terapias colectivas y expeditas? Soy indiferente a la respuesta. Prefiero estas pláticas en una ciudad caótica (dicen los que no la viven) al silencio sepulcral y el rechazo del otro, en la ciudad del orden (dicen quienes viven allá donde ahora resido) “León es una ciudad difícil” suelen comentar los ajenos que llegan por visita, trabajo o nueva residencia. “Sí lo es” suelo responder, he vivido mucho aquí y aún así no me siento de aquí.

¿Por qué hay ciudades que te reciben y otras que te rechazan? ¿Es sólo perspectiva y actitud del visitante, del residente?

Me gusta grabarle al DF nuevos recuerdos y más si mis hijos están ahí. Desde pequeña soñé con vivir ahí y compartir el DF con quien amo es un sueño que voy soñando de a poco y me encanta. Es la tierra donde mi mayor deseo se materializó: ser madre. Es la tierra donde por primera vez me vi trabajando en lo educativo: Santa Fe. Es la tierra donde más veces me pregunté ¿qué quiero de la vida? Detenida en el tráfico del eje 6 hacia Santa Fe o viceversa. Es la tierra donde sobre el puente de los poetas dije: aquí inicia mi vida y aquí termina mi vida. Aún no sabía que vivimos más de una vida y que hoy amo este presente de un DF tan mío, como siempre debió serlo.