Por Julia Cuéllar  @juliacuellar82

 

IMG_6183

Dos estudiantes de secundaria nos cuentan sus experiencias como alumnos de una escuela técnica en el último día del mundo. A partir de “flashbacks” iremos descubriendo lo que significa ser adolescente en un México poblado de violencia, de grandes expectativas para los jóvenes, pero sin ninguna oferta para concretar sus sueños o lo que se espera de ellos. Los veremos conversar sobre sus compañeros y entre chistes descubriremos lo cargado de estereotipos sociales que está nuestro lenguaje: “negro como la coca cola, por eso le llaman el coquilla”; “gordo”, “homosexual”, “puto” “buenota”. Categorías conceptuales usadas a diario pensando que el lenguaje es inocente, que no daña, pero que crea divisiones sociales, brechas entre generaciones insalvables porque antes de escucharse se gritan: “Tú no sirves para nada, no llenas de vagancia”, escuchamos a un padre gritarle a su hijo.

El martes 14 de octubre en el marco del 42 Festival Internacional Cervantino se presentó la obra Pequeño Fin del Mundo en el Teatro María Grever. Esta obra escrita y dirigida por Víctor Hernández fue parte de la Muestra Nacional de Teatro en el 2013.

Cuerpos adolescentes que hacen coreografía de sus ideales, estudiantes que proyectan las imágenes que graban conforme juegan con muñecos y fotografías en una maqueta, el recuerdo como narrativa personal, la representación escénica transcurre entre textos cargados de crítica social. Busca que los espectadores reflexionen sobre el ser joven, las oportunidades que se les ofrecen, los lenguajes que consumen: música, cine, teatro y lo que desde ahí se les dice que se espera de ellos cuando en realidad no se les pregunta ¿qué quieres ser?

Uno de los adolescentes de secundaria opina que hay que profundizar, que tiene en la mente la imagen de un pájaro, porque los adolescentes de antes y ahora son como pájaros frágiles, que se pueden morir en cualquier momento. Con burla, su compañero de la “secu” le dice que se deje de esos pensamientos y hagan algo. Que de lo que hay que hablar es de lo que les significa, por ejemplo, aduce, que para él, la “secu” significa 128, porque es la ruta de camión que lo lleva todos los días a la escuela.

Un montaje escénico que pide que atendamos a los jóvenes. Un personaje dice: quiero ser Maestro de Ceremonias y el público ríe, quizá porque eso se considera poco importante, un chiste. El personaje sustenta, con argumentos que parecen sacados de las estrategias de manipulación de Chomsky o las estrategias de propaganda de Goebbels, que desea ser Maestro de Ceremonias para convencer, convocar, reunir, expresar sus ideas sin buscar dominar o exigir, sólo para reunir y para gustarle a la maestra de inglés que está bien “buenota”. Ser “MC” es ser una bala, mis palabras puntiagudas te alcanzan.

La obra sucede entre los relatos de los adolescentes, la narración mediática de una tormenta solar que destruye el planeta y que encuentra su relación directa con los hechos en una secundaria con cuerpos acalorados, frenéticos, desbordados, donde las bancas son lluvia desde el tercer piso, se vive el caos y la autoridad desapareció.

Una obra que muestra las ideas que envuelven a los jóvenes: el sexo y el futuro, el presente como oportunidad para reunirse, jugar, brincar, coger. Actores dinámicos, que con transiciones bien logradas, enuncian que los jóvenes han heredado una ruina, sin embargo siguen soñando, aspirando lo imposible.