Cuenta Faustina que decidió no volver a levantar la vista de los libros cuando el hombre a quién más amaba la cambió por una mujer que vivía cruzando el Atlántico, cuando ella, Doña Faustina y el hombre que amó, eran vecinos. “Absurdos tiempos de Facebook y besos electrónicos, yo fui anciana desde niña. Siempre me gustó abrazar, besar, conversar, ver el atardecer tomada de la mano y despertar con mimos a mi pareja. Era una mujer humana en tiempos de cyborgs. Ni modo, lo único humano que quedaba eran los libros, ellos todavía me dejan abrazarlos, besarlos, mimarlos con mis dedos sobre sus hojas y de pronto me acompañaron riendo y llorando, también comiendo, algunos tienen morusas de un viejo pan u hojas con crujir distinto por la lágrima que me guardan. Decidí escribir libros porque como la última mujer humana era mi deber creer que alguien, algún día, me abrazaría como hoy yo abrazo a Shakespeare, Borges o Updike, Fuentes o Márquez, incluso Volpi o Benedetti. Así éramos los humanos, conversábamos imaginando cyborgs, bosques encantados, laberintos, teorías económicas y amorosas, nos desvelábamos hilando palabras.” El audio y el video se pausan. Un grupo de cyborgs votan sobre conservar a Doña Faustina o eliminar ese espacio del servidor que alimenta su vida. ‪#‎Delirio‬