Merlí es una serie de televisión que convierte en aspiracional la profesión docente. Desde que tengo consciencia en mi país, ser profesor es equivalente a ser un perdedor. Se es docente porque no se pudo triunfar en la vida real, he oído esto incontables veces. Como si la vida real fuera un lugar bien definido por quién sabe quién. En otros países ser profesor es importante.


Mi madre fue educadora, ahora soy docente, no, nunca quise serlo, llegué por accidente y mi familia aprovechó para recordarme: siempre dijiste que lo peor que podía pasarte era acabar de maestra y mira.

Y miro que soy feliz, que tuve el trabajo de mis sueños y al mes quise escapar porque no respondía a mi exigencia de la realidad: presentarme retos continuamente. Era un ambiente controlado, medible, previsible. Mi siguiente empleo fue de asistente académico.

-Por contrato debes dar clase, así que te daré un grupo pequeño, 15 alumnos para que te adaptes

-Pero nunca he dado clases- pensé que este argumento me salvaría, quién dejaría a una inexperta frente a un grupo de universitarios. (Sí, esto fue años antes de Luis Videgaray “se los digo de corazón y con humildad: vengo a aprender…”)

-Todos empezamos un día, no te apures, lo harás bien.

A diferencia mía, Merlí es un profesor que ingresa seguro de sí mismo a clase, que pone a temblar a los otros docentes, al director, a los padres de familia. Alguien que reconoce que es un fracasado, como los alumnos, porque no es autosuficiente y lo único que sabe hacer es pensar. Merlí, representa lo que nos han dicho que es el fracaso: vivir con tus padres, ser divorciado, ser más adolescente que tu hijo joven, estar más preocupado por disfrutar el día que por ganar dinero, tener el auto del año, alcanzar la estabilidad, lo que nos han dicho que es el éxito.

Merlí llama a sus alumnos peripatéticos en comparación con los discípulos de Artistóteles, los incita a pensar caminando. A lo largo de la serie irán presentándose situaciones comunes en la vida de los adolescentes: declarar un amor, enfrentarse a los padres, aceptar la identidad sexual, planear un futuro, cada conflicto servirá a Merlí para dar su curso de filosofía. Jóvenes que deambulaban por la vida sin cuestionarse, se volverán amantes de esa clase que ni el sistema cree que sirva para algo. La idea no es nueva, seguro recuerdan: “Oh captain! My Captain!” y un Robin Williams interpretando al mejor profesor de literatura (La sociedad de los poetas muertos). O se acuerdan de Julia Roberts y una escuela de señoritas que encuentran en el arte su liberación (La sonrisa de Mona Lisa). Nada es nuevo bajo el sol, Merlí coincidiría conmigo. Literatura, arte, filosofía, son las materias de las que se sirven cineastas y escritores para inspirar rupturas de paradigmas, escogen maestros como personajes disruptivos. ¿Hace cuánto queremos que la educación cambie la organización social pero que los profesores cumplan los parámetros medibles, controlados y previsibles del sistema que nos rige? Encuentro extraño pedirle a un círculo que sea una estrella, mientras le sigo pidiendo que sea redondo.

Merlí es un provocador, dista de ser perfecto, admirable, respetuoso de las normas, lo que cualquiera esperaría de un profesor o un gobernante. Merlí es la piedra que arrojas al lago que aparenta quietud y las ondas comienzan a expandirse, ya antes se movían las corrientes debajo del lago aparentemente apacible, pero era invisible a los ojos, la piedra sólo demuestra la configuración del agua, su estado moldeable: …y sin embargo se mueve.

-¿Fuimos tu primer grupo verdad? – mis alumnos me cuestionan al final del semestre

– Sí – digo con voz trémula. He sido tan mala que se han dado cuenta-

-Era obvio, eras la única profesora que planificaba la clase, las actividades y estabas al pendiente de lo que nos sucedía. Hasta llegabas temprano.

La vida me respondía: aquí está tu realidad con retos continuos. La educación es el lago. ¿Vas a mirar? ¿Vas a ser una piedra? ¿Qué clase de piedra?

Aprender caminando, cuestionar deambulando, México parece un adolescente (hace poco asistimos a los quince años de Rubí), también recorrimos las calles exigiendo un alto al gasolinazo y además llenamos las redes sociales con mensajes de no dejarse intimidar con la estrategia del saqueo. Los peripatéticos se van encontrando ¿Dónde está Merlí (Francesc Orella), Katherine Watson (Julia Roberts) o John Keating (Robin Williams)?

Me pasó lo peor, desde el paradigma reinante en mi sociedad mexicana: soy maestra y me gusta serlo. ¿Será que un día aquí sea aspiracional ser docente como lo es ser narcotraficante?

Merlí y Walter White (Bryan Cranston) profesor de bachillerato de la serie Breaking bad, también se parecen. Ambos son docentes entregados a su labor, un día tienen un problema y el sistema les falla. Trabajan honestamente pero su sueldo no les alcanza para el alquiler o el tratamiento médico. Walter White elige ir contra el sistema, la furia, la decepción, la frustración serán su guía. Merlí opta por ser un cínico, por jugar con las opciones que le quedan dentro del sistema al tiempo que lo provoca, por generar empatía con otros a quienes el sistema también abandonó: los jóvenes. Saber química se puso de moda para los estudiantes cuando estuvo al aire la serie Breaking Bad, ¿pasará lo mismo con la filosofía?

Merlí, en su primera temporada pone de manifiesto que un profesor incide activamente en la vida social y además se la pasa genial. En la serie es claro que la función de la escuela es ser un laboratorio, un espacio donde las personas aprendan a ser, a sentir empatía, a reconocer el poder de la diferencia. Los padres necesitan estar implicados en el proceso, pero no rogando por las notas de los hijos, como en la vida real, sino como adultos que buscan la autonomía de sus críos, que les muestran otras maneras de incidir en la realidad, escuchándolos pero no sobreprotegiéndolos. ¿Cuáles son las opciones de ser padre, maestro, alumno? Parece preguntar la serie.

“Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos” afirma Merlí con sus comportamiento, rompiendo la pantalla cuestiona: ¿Qué clase de profesores son si no aceptan que ser maestro es incidir en la médula social? Luego no se quejen de sus alumnos cuando los gobiernen ¿qué hicieron para enseñarlos a pensar?

Ahora comprendo más a mi madre, tal vez ella siempre supo que ser educadora era ocuparse de ciudadanos en ciernes y enseñarles a ser autónomos, ningún docente o alumno es igual después de entrar en contacto. La escuela es un laboratorio social, mi madre lo sabía, por algo promovió la equidad, buscó mobiliario a la medida de los infantes, gestó el desayuno escolar para todos y recibía a cuanto niño, padre o maestro quisiera entrar a la dirección. Lo hizo antes de estos tiempos de reformas, antes de que la educación preescolar fuera obligatoria, antes de que los padres fueran amigos de los hijos. Mi madre gozaba su profesión, era la directora, pero no le daba empacho vestirse de ratón para representar un cuento a los pequeños. Menos ir con las autoridades correspondientes a pedir que no se olvidarán de ese pequeño jardín de niños, y cuando pedía, ya había resuelto porque no era de las personas que esperaban sentadas. Ahora entiendo porque caminaba tanto, y yo atrás como su discípula la seguía preguntándome ¿por qué había que escuchar a tantos? ¿por qué había que congregarse? ¿Por qué había que caminar sin parar? Tal vez voy comprendiendo.