Por Julia Cuellar

Tengo que narrar una historia, mi editor me dijo que mi fecha límite para entregar algo creativo era ayer. Me lo ha dicho siempre, otras veces funcionó y dos horas después tenía un texto que multiplicaba las ventas de la revista. Pero hoy, simplemente no puedo. En realidad debería decir ayer, para ser exactos, son las 2 de la mañana y mi límite expira a las 9.

Esta vez sí me corre, no será la primera vez que consiga una narración de última hora de alguno de sus viejos amigos antes de cerrar edición. Mi mala racha empezó desde hace tres revistas, es decir, tres meses. Miento, siempre me ha ido mal, hace tres meses simplemente agudizó mi mal tiempo. Mis problemas empezaron desde que sólo concibo el mundo a través de las letras, desde que nací.  ¿Cómo puede un recién nacido ver el mundo a través de las letras? Puedo explicarlo, soy el vivo ejemplo. Desde pequeño las únicas formas que me atraían eran esas arañas que invadían con su movimiento lateral el oleaje de papel que sostenía mi padre en sus manos. Me gustaba imitarlo. Recuerdo que pasaba horas observando como se movían de una página a otra. Nunca parecían detenerse, era un ejército al que había que seguirle en su avanzada. Así que no dudo que al nacer interpreté el cordón umbilical como una gran I y  a mi madre como una V con la palabra OJO escrita en el rostro.

Descubrí que veía el mundo distinto a los demás cuando todos correteaban detrás de un balón y yo únicamente podía detenerme y contemplar la persecución de letras que constantemente cambiaban de posición en su afán de atrapar el punto. Esa esfera que permite a la letra a su lado izquierdo vivir por más tiempo, ya que en ella se detiene la mirada; sentirse trascendente porque es ella donde finalmente encontramos el sentido. Al final de estos partidos, los otros comparaban números, yo narraba lo que construí basándome en el azaroso encuentro de letras a lo largo de 90 minutos.  Llegaba a casa y contaba a mi padre mis historias, su boca era siempre una gran U al oírme. Mi madre molesta nos interrumpía, ¿por qué no puedes ser como los demás niños? Deberías de concentrarte y jugar en equipo, no debes aislarte o te quedarás solo; deja de imaginar tonterías. Tengo el presentimiento que mucho de su discurso era para mi progenitor.

A nadie le hablé de mi condición, ni siquiera a mi padre. Lo intenté, pero entendí que ni él veía como yo, esa sucesión de W  y no espacio vacío entre los dedos, me pertenecía sólo a mí. Estaba aislado, el temor de mi madre era real, su predicción cierta. Mi esposa me dejó porque arguyó que soy demasiado frío, que si por mí fuera sustituiría los pañales de Helena por papel periódico. Mi cónyuge es una mujer cálida, es bailarina o para ser correctos, era bailarina. En su vehemente declaración de despedida me enteré que Helena le destruyó la vida, que ya nunca podría bailar.

Es mi forma de entender el mundo lo que me complica la existencia. Hubo un momento en que pensé que tal vez podría compartir mi experiencia con alguien. Conocí a  mi mujer sobre un escenario, me enamoraron los sueños que su cuerpo me contó, la perfecta delicadeza en la sucesión de sus movimientos hizo que las letras que vi no murieran bruscamente, sino que cada una dio vida a la otra, su sucesión asemejó un beso entre la muerte y la vida, la entrega amorosa del tiempo que a cada una le correspondía. No dudé, me acerqué a ella en cuanto salió de su camerino y la invité a cenar. Sigo sin saber por qué aceptó. Le platiqué todo lo que su baile me hizo pensar y se sintió complacida, dijo que amaba la danza porque le permitía poner el cuerpo al servicio de la imaginación. Continuamos viéndonos, ella bailaba para mí y preguntaba ¿qué imaginaste? Yo le contaba historias. Éramos felices. Estar a su lado me ayudaba a encontrar sentido y mientras siguiera moviéndose habría de atrapar todas sus letras y vaciarlas en el recipiente blanco donde habitarían por siempre. Le pedí matrimonio, ella era mi punto y yo la letra que sólo encuentra paz al lado suyo. Nos casamos, nunca vi a la gran D en nuestro futuro, ni los números que habría de entregarle cada mes como consecuencia.

Menos que nunca puedo perder el empleo, sin embargo me niego a seguir escribiendo. Si las letras me lo han quitado todo, tal vez es momento de decirles adiós. Mi madre también nos abandonó, pero creí que fue porque la T ancha que la visitaba en las mañanas y la hacía reír se la había llevado a vivir a la A con punta alargada que le mostraba en las fotografías. Mi madre sigue en París, pero ahora encuentro parecido entre su decisión y la de mi esposa.

No hay espacio en un mundo de imágenes para un hombre de letras, o al menos no uno donde se me permita tener una familia, un empleo, una madre, amigos, una hija, Helena, la O que rueda por toda la casa, que ríe, grita y cuando lo hace puedes ver la i invertida al fondo de su boca. En realidad debo decir, rodaba por la casa, al menos en la mía ya no lo hace, tal vez en la de sus abuelos, donde puedo visitarla cada 15 días, si cumplo con los números. Éstos son difíciles de conseguir ahora que no escribo. Pero sin mi punto ya no hay letras que perseguir, y las demás no me interesan o no tengo ánimos de buscarlas. Estoy seco, tecleando sin historia, atormentado por un L que repite un tic tac. En realidad lo único que lamento es no estar con Helena, a mi ex-esposa la quiero pero ella ya no tiene bailes para mí y yo no le tengo historias.

“En realidad”, es una muletilla que abandoné en la secundaria, misteriosamente regresa cuando menos noción tengo de ella. ¿Qué letra es lo real? o ¿la realidad no es letra, y por eso no entiendo nada? Pero si en las letras está permitido cambiar de abecedario, de código de construcción, supongo que puedo cambiar mi manera de enfocar el mundo. De todas formas parece que desde hace tres meses también me abandonaron las letras.

Son las 8:30 de la mañana, no tengo nada, sólo una cuartilla que bosqueja mi vida, llena de errores, de fugas gramaticales. Renuncio. Esto es lo último que escribo. Ya no habrá más ataúdes con mi nombre compartiendo filas en esos cementerios de arañas a las que no les abren el paso.

Que me corran. Al principio fue la nada, luego la letra, ¿qué hay después de ella? lo averiguaré tan pronto como coloque este punto final.