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Julia Cuéllar

Letras desde lo cotidiano

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FIC

Academia Cervantina o el futuro de la música

Por Julia Cuéllar  @juliacuellar82
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El sábado 18 de octubre, a las siete de la noche, en el Teatro María Grever se pudo escuchar uno de los programas de Cámara de la Academia Cervantina.

Es el primer año que el Festival Internacional Cervantino abre un programa de especialización para jóvenes instrumentistas, menores de 30 años, que desean expandir su formación durante tres semanas con especialistas reconocidos internacionalmente. Algunos de sus tutores fueron integrantes de los Ensambles invitados para el 42 Festival Internacional Cervantino, como el Ensamble Intercontemporain (Francia); Cuarteto Arditti (Reino Unido); Next Mushroom Promotion (Japón) entre otros. Entre sus maestros estuvieron: David Núñez (Violín); Alex Bruck (Viola); Wilfrido Terrazas (Flauta); Fernando Domínguez (Clarinete); Iván Manzanilla (Percusión) y Juan Trigos como Director.

El programa de trabajo para los jóvenes seleccionados por convocatoria, consistió en clases individuales, magistrales, talleres, ensayos y la presentación de conciertos en el marco del Festival.

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El Teatro María Grever fue escenario para un programa de cámara lleno de emotividad, destreza al ejecutar las piezas y jóvenes dando lo mejor de sí, que entre nota y nota revelaban un poco de nervios, sin descuidar su profesionalismo.

Las piezas interpretadas correspondieron a un repertorio musical de los siglos XX – XXI, y fueron: Trio para Oboe, clarinete y fagot de Joaquín Gutiérrez Heras; Musica leggera para flauta, viola, violochelo, contrabajo y percusiones de Luciano Berio; Dos para violines de Berio; Codex Purpureos par violín, viola y violonchelo de Salvatore Sciarrino; Sexteto para flauta, oboe, clarinete, fagot y piano de Bohuslav Martinú; Música para violín y piano de Yoshiro Irino; La ronde de Vinko Globockar. Al final, se añadió al programa, Cuatro meditaciones para orquesta de Olivier Messiaen.

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El encanto de Yunnan llega a León.

Por Julia Cuéllar  @juliacuellar82
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A pesar del juego de futbol del equipo local, la Motofiesta y la presentación de música de Cámara de la Academia Cervantina, el ballet folklórico de Honghe de Yunnan cautivó a su público y lo mantuvo aplaudiendo al ritmo de una melodía tradicional o agitando las manos para acompañar a los bailarines. La plaza principal de la ciudad de León, Guanajuato estuvo a reventar la tarde del sábado 18 de octubre en una de las actividades gratuitas del 42 Festival Internacional Cervantino.

El encanto de Yunnan mostró con bailes y cánticos tradicionales, lo que en la lejana China sus habitantes veneran y disfrutan: una alabanza a la tierra, el agua, el encuentro entre hombres y mujeres, la naturaleza. A través de sus danzas y las breves explicaciones que daban entre un número y otro, el público pudo reconocer las similitudes culturales y disfrutar de las diferencias, que en todo ballet folklórico se exaltan como exóticas, diversas, mágicas.

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Los bailarines regalaron sonrisas en cada momento, su danza fue representada con energía, pasión, contagiaban sus entusiasmo a los asistentes, quienes los vitoreaban. Sus coreografías perfectas daban cuenta del orden y disciplina que requiere un arte como la danza. Un vestuario multicolor, con mangas prolongando la extensión de los brazos, perlas, coronas, trenzas que volaban en cada salto, instrumentos tradicionales que se volvían objetos decorativos en el baile, llevaron a la audiencia a una China cargada de misticismo y cultura, una China que poco a poco nos es menos desconocida, gracias a los intercambios culturales más frecuentes entre nuestros países.

Una hora y media de bailes y canciones tradicionales interpretadas por solistas mantuvieron a los leoneses lejos del marcador 2 a 0 de su equipo.

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HOUSE. León y corazón en escena

Por Julia Cuéllar
@juliacuellar82
 
 
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© Teatro del Bicentenario – Fotografías: Arturo Lavín

Cuerpos intencionalmente asexuados, formas bailando para cautivar al espectador, música enajenante y juegos de luces que amplificaban los cuerpos. La puesta en escena HOUSE de la compañía de danza israelí L-E-V, se presentó en el Teatro del Bicentenario la noche del 16 de octubre, dentro del 42 Festival Internacional Cervantino.

L-E-V puede interpretarse desde su origen eslavo como león y desde su origen hebreo como corazón. Esta compañía multimedia fundada en 2013, experimenta la fusión de la música, la danza, el videoarte, iluminación, moda, arte y tecnología. Desde el 2006, Sharon Eyal  (bailarina, coreógrafa) y Gai Behar (artista plástico, creador de discursos escénicos y musicales) han colaborado con proyectos para la compañía de danza Batsheva y algunas más alrededor del mundo. Es en 2013 cuando unen su talento con Ori Lichtik y su composición musical para crear HOUSE.

Los bailarines que sobre puntas, tacones, suspensión o descalzos dan vida a figuras casi metacorporales, porque parece difícil creer que un cuerpo pueda moverse así, nos transportan a imaginarnos como “ciborgs”, como cuerpos decadentes que buscan salir de sí para seguir siendo. Extender fronteras para ser algo más. Cierto que cada espectador puede llevarse una historia, una imagen fotográfica, pictórica o de recuerdo, una secuencia como si de cine se tratara o un fragmento de sonido que resuena en su cerebro distinto. Cierto que puede encontrarle o no, sentido a la representación multimedia a que estuvo expuesto, pero encerrados en un teatro oscuro, donde sólo se ilumina para separar la luz de las tinieblas y el ojo percibe formas, movimientos, sombras más que cuerpos, es muy probable que algunos hayan sido transportados a las cuevas de Altamira, Lascaux y esos primeros relatos humanos o al apocalipsis cuando otra vez sea necesario separar la luz de las tinieblas, iluminando poco a poco.

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Quienes cedieron su cuerpo para que esa noche los espectadores imagináramos, viviéramos historias fueron Sharon Eyal, Leo Lerus, Gon Biran, Karen Lurie Pardes, Douglas Letheren, Rebecca Hytting y Dominic Santia.

Hubo momentos en que el contraluz desplegaba sombras gigantes de una bailarina que abarcaba las tres secciones del teatro. Otros en que la sombra de su cabeza, sus piernas y su pecho se proyectaban escindidos en distintas partes del teatro, siendo un espejo en tres tiempos de lo que sucedía en escenario, envolviendo a la audiencia en un espectáculo futurista: el mismo cuerpo fragmentado y aún con vida; un solo cuerpo, que es tres a la vez; el cuerpo y su sombra; las cavernas y el mundo ideal; la materia y el alma, la mente, la búsqueda de lo que pueda sobrevivir al cuerpo y dar cuenta de él, seguir siendo él, sin envejecer, la gran fantasía del ciborg, del humano que se desprende y la bailarina que se contonea hasta el límite de su corporeidad, exigiendo en sus movimientos lo que el cuerpo ya no puede dar, pero sí la música, la iluminación, la coreografía con otros para simular ser más, para continuar.

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En ocasiones se podía recrear la pintura La Danza (1910) de Matisse, o La danza (1925) de Picasso, o La clase de danza (1871-1879) de Edgar Degas, incluso el Vogue de Madonna. Durante cuarenta minutos no se escuchó la voz humana, en la última pieza la fusión de música, danza e iluminación incluía voz, se podían escuchar frases en inglés como: “Termina lo que empezaste”, “Cuando se trata del amor”, “No tengo paciencia”.

Noche de espectros y luz, viajes al futuro o al imaginario colectivo o solitario, ciborgs o sensualidad evocada, tecnología desbordada en sonidos y luces de otro espacio-tiempo, el escenario como ventana: hacia dentro, hacia el horizonte, hacia el otro o la nada.

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Como herencia, la ruina. Pequeño Fin del Mundo

Por Julia Cuéllar  @juliacuellar82

 

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Dos estudiantes de secundaria nos cuentan sus experiencias como alumnos de una escuela técnica en el último día del mundo. A partir de “flashbacks” iremos descubriendo lo que significa ser adolescente en un México poblado de violencia, de grandes expectativas para los jóvenes, pero sin ninguna oferta para concretar sus sueños o lo que se espera de ellos. Los veremos conversar sobre sus compañeros y entre chistes descubriremos lo cargado de estereotipos sociales que está nuestro lenguaje: “negro como la coca cola, por eso le llaman el coquilla”; “gordo”, “homosexual”, “puto” “buenota”. Categorías conceptuales usadas a diario pensando que el lenguaje es inocente, que no daña, pero que crea divisiones sociales, brechas entre generaciones insalvables porque antes de escucharse se gritan: “Tú no sirves para nada, no llenas de vagancia”, escuchamos a un padre gritarle a su hijo.

El martes 14 de octubre en el marco del 42 Festival Internacional Cervantino se presentó la obra Pequeño Fin del Mundo en el Teatro María Grever. Esta obra escrita y dirigida por Víctor Hernández fue parte de la Muestra Nacional de Teatro en el 2013.

Cuerpos adolescentes que hacen coreografía de sus ideales, estudiantes que proyectan las imágenes que graban conforme juegan con muñecos y fotografías en una maqueta, el recuerdo como narrativa personal, la representación escénica transcurre entre textos cargados de crítica social. Busca que los espectadores reflexionen sobre el ser joven, las oportunidades que se les ofrecen, los lenguajes que consumen: música, cine, teatro y lo que desde ahí se les dice que se espera de ellos cuando en realidad no se les pregunta ¿qué quieres ser?

Uno de los adolescentes de secundaria opina que hay que profundizar, que tiene en la mente la imagen de un pájaro, porque los adolescentes de antes y ahora son como pájaros frágiles, que se pueden morir en cualquier momento. Con burla, su compañero de la “secu” le dice que se deje de esos pensamientos y hagan algo. Que de lo que hay que hablar es de lo que les significa, por ejemplo, aduce, que para él, la “secu” significa 128, porque es la ruta de camión que lo lleva todos los días a la escuela.

Un montaje escénico que pide que atendamos a los jóvenes. Un personaje dice: quiero ser Maestro de Ceremonias y el público ríe, quizá porque eso se considera poco importante, un chiste. El personaje sustenta, con argumentos que parecen sacados de las estrategias de manipulación de Chomsky o las estrategias de propaganda de Goebbels, que desea ser Maestro de Ceremonias para convencer, convocar, reunir, expresar sus ideas sin buscar dominar o exigir, sólo para reunir y para gustarle a la maestra de inglés que está bien “buenota”. Ser “MC” es ser una bala, mis palabras puntiagudas te alcanzan.

La obra sucede entre los relatos de los adolescentes, la narración mediática de una tormenta solar que destruye el planeta y que encuentra su relación directa con los hechos en una secundaria con cuerpos acalorados, frenéticos, desbordados, donde las bancas son lluvia desde el tercer piso, se vive el caos y la autoridad desapareció.

Una obra que muestra las ideas que envuelven a los jóvenes: el sexo y el futuro, el presente como oportunidad para reunirse, jugar, brincar, coger. Actores dinámicos, que con transiciones bien logradas, enuncian que los jóvenes han heredado una ruina, sin embargo siguen soñando, aspirando lo imposible.

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